No todos los pensamientos valen la pena de ser escritos

No todos los pensamientos valen la pena de ser escritos. Un pensamiento que no vale la pena de serlo y lo es, significa pérdida de tiempo, no sólo en pensarlo, sino en escribirlo y después en leerlo (para todos y cada uno de los que lo leen). Ahora, La cuestión del valor sólo se puede medir respecto al pensamiento mismo. Y el pensamiento siempre mide en abstracciones, en absolutos. Es decir, un pensamiento que vale la pena de ser escrito es aquél que se eleva lo más posible hacia la abstracción y desde ahí se lanza hacia la escritura para poder transformar a cualquier lector posible. En la medida en que eso se logra, entonces un pensamiento vale la pena de ser escrito. Ahora otra advertencia: algo se le escapa a este pensamiento de los pensamientos, a este pensamiento o valorización. Y es que los pensamientos más generales ya se han escrito quizá e incluso se han vuelto clichés de la escritura. Tan es así que es posible que en momentos se logren encontrar más pensamientos que valen la pena en la literatura o cualquier tipo de manifestación textual que en lo que se hace llamar filosofía. La filosofía se puede volver obsoleta cuando ya ha dicho lo más general y de lo único que ha dado cuenta es de que las generalidades no sirven para nada, no sirven para vivir. La filosofía llega a su propio límite entonces y aquellos pensamientos que lo atraviesan todo resultan ser los pensamientos sobre el cuerpo, la poesía, las ficciones, los diarios íntimos, los intercambios epistolares, etc. Estos textos que quizá no tenían la intención de atravesarlo todo, sino, si acaso de tocar algo, algún cuerpo, pueden resultar justamente los que más nos tocan a todos. Los pensamientos que valen la pena no pueden ser medidos nunca de forma definitiva, no hay fórmula para valuarlos. Ante eso uno podría pensar que entonces todos los pensamientos valen la pena de ser escritos, sin embargo, no escribimos todos nuestros pensamientos. Las tecnologías actuales están intentado capturarlos todos a la manera de datos y estadísticas. Los programadores quieren que nada se escape, que no quede ningún pensamiento sin ser registrado. Y logran hacerlo en gran medida. Pero algo siempre se le escapa, y ese algo no es quizá solamente el pensamiento de los pensamientos capaz de valuarlo todo. Este pensamiento, al contrario de escapar, siempre va a estar tratando de hacerse valer, de quedar registrado. Pero al contrario, el pensamiento que no se siente lo suficientemente valioso como para ser escrito siempre va a huir. Este pensamiento puede ser también el pensamiento de los pensamientos, y es, de hecho, el cuerpo: aquél que no puede ser capturado. En épocas como la nuestra, cuando todo tiende a ser capturado es donde vale decir que no todos los pensamientos valen la pena de ser escritos. Ésa es nuestra única salvación y lo es en dos sentidos: salva a los pensamientos que se escriben y a los que no también.

Carta a un pensador solitario (siempre por escribirse)

Alguna vez escuché que después de la invención de las redes sociales el pensador jamás volvería a ser solitario. Yo diría más bien que después de la invención de las redes sociales no habrá ya posibilidad de que existan pensadores. El pensador por definición es solitario. Y si las redes sociales impiden la soledad, entonces impiden también el pensamiento. 

Hemos inventado tantos artificios para evitar la tristeza que ya no se permite estar tristes. Y eso es lo más triste de todo. El pensador solitario es triste aún con todos los artificios que se puedan inventar. 

Varias conclusiones a las que he llegado: 

El pensamiento tiende a lo abstracto. Así como las alas de las aves tienden a hacer que éste vuele, el pensamiento tiende a generar abstracciones. Ya lo había dicho Kant, bajo el nombre de razón. La razón tiende siempre a lo absoluto y no descansa hasta encontrarlo. Y justamente la importancia de Kant es que nos planteó un temor de la razón. Habría que ponerle límites. Ahora habría que decir que lo de Kant fue un buen razonamiento también, y que la razón no ha descansado hasta poner límites por todos lados a la razón misma. De esta manera, se ha tendido a eliminar el pensamiento. Pero el pensamiento insiste. Y ahora trae su venganza en el pensador solitario.

Se ha intentado limitar al pensamiento haciéndonos creer que éste no tiene nada que ver con la experiencia, que éste nos limita para la experiencia. Pero el pensamiento es también una experiencia y es la experiencia de la abstracción. Querer limitar al pensamiento es como querer que un ave utilice sus alas para volar hacia abajo hasta estrellarse con el piso. El pensamiento es una función del cuerpo tanto como lo es respirar, comer, defecar, dormir, despertar, caminar, cansarse, etc. Así como cada vez que inhalamos aire lo exhalamos, y cada vez que comemos defecamos, cada vez que pensamos abstraemos. La abstracción es un resultado inevitable del pensar y no se puede no pensar. Dejar de pensar, y, por lo tanto de hacer abstracciones, es como dejar de respirar de comer, de beber agua, etc. Ciertamente se puede uno obligar a hacerlo, pero el resultado de ello muy probablemente sea demasiado dañino para el organismo. 

El pensador solitario es aquél que no puede evitar pensar en abstracciones, en conceptos. Y todos somos pensadores solitarios cuando pensamos. Actualmente, sin embargo, el pensamiento ha sido reprimido por temor al totalitarismo. Por ello es que el pensador ha sido expulsado o al menos se le ha intentado expulsar. Pero es inevitable. El pensador solitario es cada vez más solitario pero al mismo tiempo se ha dado cuenta de que siempre había sido así y quizá ésa es la única ventaja del momento actual. Aún con eso, casi nadie se atreve a pensar. Aunque es inevitable que piensen, generalmente reprimen su pensamiento y lo llevan a la experiencia. Hay un gran temor, y es totalmente comprensible, de que el pensamiento se separe tanto de la experiencia que termine por convertirse en un holocausto, un pensamiento totalitario. Pero el pensamiento siempre es totalitario. Ante eso se ha impuesto el totalitarismo del anti-totalitarismo. Así es como todo el mundo tiene miedo de pensar ahorita. Pero aún con eso, hay que decirlo, piensan. 

Es perfectamente entendible temerle al pensamiento, sobre todo después de la modernidad. Ahora creemos que el pensamiento falló, creemos que hemos superado la modernidad, pero evidentemente es cuando más estamos metidos en sus redes porque el pensamiento no se ha podido superar. El pensamiento se quedó estancado después de la muerte de Dios pensando que con la simple muerte de Dios ya era demasiado. La muerte de Dios por supuesto es la muerte del pensamiento como ideales abstractos. Pero el pensamiento no puede evitar hacer ideales abstractos, por lo tanto, lo que hizo fue hacer un ideal de la experiencia, como si el pensamiento no fuera una experiencia más y como si la experiencia no generara sin querer siempre algún pensamiento. Sería como pensar que cuando uno come deja de respirar o que cuando camina deja de pensar. El pensamiento es casi como la respiración.

Pensar es pensar en abstracciones. Por más que el pensamiento pueda inventarse estratagemas para hacerse creer a sí mismo que no está pensando en abstracciones y que está prestando sólo atención en las particularidades sin llegar jamás al totalitarismo, eso no es posible. Eso ya es un totalitarismo. Hegel fue aquél que llevó a su máxima expresión este entendimiento cuando quiso equiparar totalmente lo general y lo particular además pasándolo por lo singular del sujeto que piensa. Pero lo que Hegel generó fue una fórmula sin salida, una policía que lo reprime todo al mismo tiempo que lo permite. Sin embargo, el pensamiento no necesita de ningún permiso, éste simplemente rebasa cualquier caja de la experiencia y vuela. Hegel llegó a pensar el pensamiento que se piensa a sí mismo, y sin embargo seguía siendo sólo Hegel y no aquella cosa. El pensamiento que se piensa a sí mismo no necesita de Hegel ni de nadie, por eso el pensador siempre es solitario. Una vez que Hegel lo ha dicho, ya está rebasado. Hegel no dijo nada. Pero ése fue su gran logro.

Se dice que lo contrario o complementario al pensamiento es la experiencia. Se le ha puesto más atención a la experiencia una vez que se cree que el pensamiento a fallado. Se le ha tomado al pensamiento incluso como un impostor. Al pensar en abstracciones, el pensamiento nunca toca nada, nunca nos dice nada de nosotros, no tiene nada que ver con la vida, pero el pensamiento también es parte de la vida, no más ni menos que la experiencia. El pensamiento puede inventarse cualquier cosa abstracta, incluso puede inventarse que no se inventa nada. El pensamiento ahora se ha inventado que el pensamiento es dañino, como decir que volar es dañino para las aves. Y por supuesto que lo es, es tan dañino como benéfico; es como decir que respirar es dañino porque nos acerca cada vez más a la muerte. Así es, pero no por eso vamos a dejar de respirar. Obviamente que se puede uno matar, pero incluso el pensamiento del suicidio es un pensamiento; incluso para suicidarse uno tiene que utilizar las fuerzas vitales para llevar a cabo el acto. 

Se asocia el pensamiento con la metafísica. Se le tiene miedo a la metafísica desde hace mucho, se cree que una metafísica inevitablemente lleva a la creación de Dios y, por lo tanto, de un dogma, y, por lo tanto, de una ausencia de cuestionamientos y, en su máximo extremo de un exterminio de aquél que no comparta la misma fe. Y todo eso es perfectamente correcto. Pero justamente de lo que hay que dar cuenta es de que de que esta línea de asociaciones es más bien un círculo, pues no hay nada más alejado del pensamiento que una fe. La fe es el pensamiento que se vive como experiencia. Es el salto al vacío una vez que el pensamiento ha llegado a su límite. Pero eso no quiere decir que el pensamiento se frena ahí. El pensamiento puede darle la vuelta a la fe, nunca llegar a ella. La fe está más allá del pensamiento. Después de la fe sigue la experiencia directa y así vuelve a comenzar el proceso, generando abstracciones y demás. El arte es la experiencia más directa, después de ahí siguen todas las demás experiencias. El sueño es la experiencia del pensamiento desprendida de sí mismo. En el sueño el pensamiento es un extraño de sí mismo. El entretenimiento, por otro lado, es la experiencia más alejada del arte. El entretenimiento, como su nombre lo dice, es la experiencia que se tiene entre que se tiene otra experiencia. El arte, al ser la experiencia más directa, rompe con el entretenimiento. No hay de otra. El pensamiento puede ser también una experiencia. Y eso es lo que no se ha comprendido. El pensamiento tiene como su correlato, como su resultado inmediato e implícito, la abstracción. Todo pensamiento es abstracto. La filosofía es la experiencia del pensamiento más directa. Bien se puede decir que todo es pensamiento o que todo es experiencia. El arte diría que todo es experiencia. La filosofía diría que todo es pensamiento. Los dos están diciendo lo mismo. La religión diría que todo es fe. El comediante diría que todo es entretenimiento, su nombre lo dice; “co-media” es aquello que acompaña a lo que está en medio. 

Deleuze dijo que la labor de la filosofía es crear conceptos, pero “crear conceptos” es pleonasmo. El pensamiento concibe y no puede hacer otra cosa, crea, inventa, ésa es su función. Y lo que crea son conceptos, abstracciones. Todo concepto es una creación, concepción, nacimiento. El concepto es el producto de una concepción, el nombre lo dice. Deleuze no dijo nada. No hay ninguna tarea ni labor de la filosofía. La filosofía se da por sí misma. No necesita de una agenda, de un programa, de un proyecto, de un deber. La filosofía y el arte son dos caras de lo mismo. La filosofía es la más bella de las artes y el arte es la más profunda de las filosofías. Son sólo dos formas de nombrar al pensamiento y a la experiencia que finalmente son lo mismo. Pero como nombres y como instituciones son un fraude, una estafa. La filosofía promete el pensamiento y el arte promete la experiencia, pero qué otro pensamiento y qué otra experiencia se busca que no sea la que tenemos todo el tiempo. 

Hoy ya es cada vez más difícil que haya arte y que haya filosofía, no hay ni pensamiento ni experiencia. estamos situados en el entretenimiento. Y también es cierto que el entretenimiento es una experiencia y una filosofía, pero así como el arte tiene como su correlato a la filosofía, el entretenimiento tiene a la fe. El cuadro quedaría como sigue:

Por supuesto que todo esto es un invento, y por supuesto que no tienen ningún fundamento. Pero para eso sirve el pensamiento. El pensamiento no puede evitar hacer esto. Eso es lo que hace el pensador solitario. Pensamientos que no pueden ser compartidos porque una vez que lo son pierden su calidad de pensamiento. El pensamiento sólo puede delirar. Pero delirar se toma como un defecto del pensamiento hoy. 

Sobre la justicia

La justicia de la vida radica justamente en que no es justa de acuerdo a los criterios del hombre, de ningún hombre en particular ni del hombre como especie. Si la vida fuera justa en el sentido en el que el hombre quisiera que lo fuera, entonces ya no sería justa, sería algo parcial, algo conveniente al razonamiento humano. La justicia de la razón es que nunca alcance a explicarlo y resolverlo todo. La razón debe agradecer esa incompletud. Kant decía que el hecho de que no podamos conocer las cosas en sí, no quiere decir que no podamos pensarlas. Y con ese argumento validaba que la cosa en sí existe. En este caso, el pensamiento sobre a justicia funciona del mismo modo. La justicia de la que podemos dar cuenta por medio de la razón es muy limitada. Pretende que las cosas sean de una forma muy particular y no de otra. Pretende que puede encontrar una solución perfecta y que ésta es sólo una. Pretende que puede incluso conocerla. Pero la misma razón puede dar cuenta de sus propios límites. Cuando la razón da cuenta de sus límites, entonces actúa como cuerpo. Sufre dolencias, carencias, hambre, deseo, etc. Entonces la razón se abre hacia la consideración de una razón más allá de la razón humana. Tal es de lo que daba cuenta Descartes en sus meditaciones. Y a esa razón le llamó Dios. También puede ser llamado, por supuesto, el pensamiento de los pensamientos, el eterno retorno, la cosa en sí, etc. Ésa es la justicia divina a la que se refiere Benjamin y que tanto incomoda a sus estudiosos. Pero esos fueron otros tiempos y así habrían de ser entendidos. Benjamin está en el filo de dos tradiciones, una judía y una marxista materialista. Y no se avergüenza de ello. Marx mismo es teleológico, así que tampoco es nada arriesgado. Ahora que podemos ver esto en retrospectiva, podría resultar fácil entenderlo, pero aún con eso parece que hemos olvidado esa otra justicia. Por supuesto que ya no le podemos llamar una “justicia divina”. Ante esto se ofrece Nietzsche siempre y salta la categoría de “vida”. La justicia de la vida sería una salida, pero, a su vez, de inmediato la vida se vuelve susceptible de ser estandarizada y querer definirla bajo lineamientos científicos. Si acaso, habría que buscar una nueva definición de la vida que no fue la de la biología, para poder dar cuenta de esa justicia. Pero probablemente la categoría “vida” también resulte por sí misma insuficiente. Ante esto nos queda sólo hacer asociaciones, a la Platón. Aceptemos que no sabemos qué es la vida, tampoco la justicia, pero en caso de que hubiera una definición de vida y de justicia, lo más seguro es que éstas estuvieran asociadas positivamente con la belleza, la fortaleza, la verdad, Dios, la claridad, etc; y negativamente con la injusticia, la debilidad, la mentira, el mal, la confusión. Por supuesto que uno puede tomar el camino que quiera, pues no hay garantía de que ninguna de esas asociaciones no pueda romperse en cualquier momento, pero si comienzas a asociarte negativamente con la justicia, que no se te haga raro que las injusticias lleguen a ti. A su vez esto implica una lección profundamente cristiana: si estás todo el tiempo intentando ligarte positivamente con la justicia, es decir, haciendo el bien, diciendo la verdad, siendo fuerte frente a las adversidades, etc. esperando ser recompensado con justicia, que no se te haga raro que de repente te llegue la injusticia, pues desde el principio sabías que esto era una apuesta y que podías perder. 

Premisas para vivir después de la muerte de Dios (primer esbozo)

1. Si tú no te detienes, nadie lo hará.

2. Más te vale creer que éste no es el único mundo posible. Si crees que sí lo es, entonces nadie te detendrá, ni tú.

3. Es verdad que el hombre es la medida de todas las cosas, pero lo importante no era eso, sino cuál es la medida del hombre, ¿o es el hombre puro exceso?

4. Más bien, las cosas son la medida del hombre. El hombre llega hasta donde las cosas se lo permiten.

5. Al ser el hombre también una cosa, entonces éste está destinado a no ser nada, sino pura relación. Si el hombre es la medida de todas las cosas, entonces A=A.

6. (A=A)= Si tú no te detienes, nadie lo hará.

7. En “A=A” el único elemento diferente es la igualdad. El “=“ es la relación. Pero A nunca es igual a A. Si así lo fuera, entonces ya no habría relación. Sólo habría una A.

8. Puesto que “A=A” siempre es una potencialidad, entonces hay una otra medida que no es A.

9. Para que A sea igual a A se necesita de otro mundo posible donde verdaderamente A=A.

10. Cualquier cosa es otro mundo posible excepto cualquier cosa.

11. La diferencia entre cualquier cosa y cualquier otra cosa no existe si tú no la pones.

12. Si tú eres la diferencia entre cualquier cosa y cualquier otra cosa, entonces tú eres la medida de todas las cosas. Eso es cierto. Pero lo importante no es eso, sino cuál es tu medida.

13. Si las cosas son tu medida, entonces no tienes medida y eres puro exceso.

14. No hay bien y mal, sólo necesidad y lujo, medida y exceso.

15. Si tú vives en el exceso entonces sentirás que las cosas se exceden contigo y serán tus enemigas. A ver quién puede más.

16. A las cosas nunca les vas a ganar porque es como querer ganarte a ti mismo. Es la superación de sí mismo nietzscheana. Pero la única forma de superarte a ti mismo es ponerte una medida.

17. La medida no está en las cosas ni en ti mismo, porque son lo mismo. La medida está en la posibilidad de la relación.

18. Relación=diferencia=mundo de las ideas=Dios.

19. Puedes vivir sin Dios, pero entonces Dios es igual a ti. Si tú eres igual a Dios, no tienes medida. Si no tienes medida, las cosas son tu medida. Si las cosas son tu medida, estás a expensas de Dios. Pero como Dios ha muerto, tú estás muerto.

20. Si no quieres estar a expensas de Dios, tienes que inventar a Dios.

21. Que sea lo que Dios quiera es de todas formas que sea lo que tú quieras, pero a un nivel inconsciente. El inconsciente no tiene medida, es puro exceso.

22. Entre falta y exceso hay una diferencia. Esa diferencia es Dios. Si Dios está muerto, entonces exceso es igual a falta infinita: a deuda infinita con Dios y contigo mismo.

23. Si tú no te pones una medida para pagar la deuda contigo mismo, nadie lo hará.

24. La medida es lo que te debes. Si no pagas lo que debes, terminarás pagando más de lo que debes; superándote a ti mismo. Pero eso sólo pasa poniendo una medida. Y ésta es la medida.

Carta de amor en tiempos del control

Para Stefania

Sabiendo que esta carta, antes de llegar a su destino, pasará por una infinidad de lectores de todo tipo, la dirijo directamente a ellos quizá a aún más que a ti, amor mío. Y, de igual modo, hablo en ella más de ellos de que nosotros. Pero esto es sólo una clave, pues en algún momento, lo sabemos, nosotros somos ellos y ellos son nosotros (nosotros son ellos y ellos somos nosotros). Éste será nuestro acuerdo, entonces, que cuanto más pienses que hablo de ellos, más estoy hablando de nosotros, y viceversa. En ese punto, y sólo en ese punto, nos podemos encontrar. Y te propongo este plan como el último recurso que me ha quedado después de tanto haberte buscado. Escribo esto en un ordenador, es cierto, porque no hay otra forma de hacértelo llegar. Pero eso no significa que a ello quedemos atados. Como al cuerpo y la mente, jamás nos definimos por estar reducidos a éstos. Y si queremos encontrarnos, más vale que lo sepamos.

Comienzo entonces: No puedo decir que no te he buscado, o que tú no me has buscado. Siempre estuvimos cerca, quizá al lado uno del otro. Quizá convivimos, quizá dormimos juntos, pero algo se ha interpuesto. Esa barrera son ellos. Ellos van a saber qué búsquedas hice, cuánto tiempo hablamos, cuánto tiempo te miré, qué lugares visité contigo, sin ti y por ti. Por eso jamás escribiré tu nombre en un ordenador. Sabes que no podría hacerte eso. Es cierto, ellos van a saber a quien amé e incluso intentarán medir si te amé más que alguien más. Van a querer saber aún más que yo de mi mismo a través de métodos de conversión de lo cuantitativo en lo cualitativo. Van incluso a medir mis dedazos, lapsus digitales. Pero ellos jamás sabrán lo que pienso en realidad. Ellos tendrán acceso a todos los datos de mi vida, verán mi vida como un mapa que les muestra todos mis deseos más ocultos, pero no contarán con que el hombre oculta siempre también voluntariamente. Si bien ellos tendrán acceso a aquello que se me escapa de las manos, o entre las manos, no podrán tener acceso a aquello que voluntariamente yo obligo a escapar de mis manos. Ellos verán lo que yo no quise ver, pero no podrán ver jamás lo que yo quise no ver. Ése será siempre su trastorno, su tormento.

Esa positividad de lo negativo que deja abierto el mundo a que cualquier cosa sea posible será la única forma de rescatar nuestro amor de sus garras. Tan se escapará de sus garras que incluso es posible que vivamos en ellas y aún así ellos jamás se enteren. Nosotros no escaparemos a la red. No nos iremos a un desierto a pretender que ahí somos felices, porque sabemos que después de que hemos sido tocados por ellos, tan sólo mirados por ellos, no existimos si no es ya bajo su mirada. Sin su mirada ya no hay felicidad porque ya no hay siquiera existencia. Lo que haremos será vivir ahi y hacer como si nada pasara. Algo así como lo hacía Julia en 1984, pero nosotros jamás cruzaremos palabra. Su error fue tratar de escapar del Gran hermano. Nosotros sabemos que estando ahí aún con eso no lo estamos. Y siempre lo hemos sabido, sólo que a veces lo olvidamos. Si escribo estas líneas es solamente para recordarte que tú y yo nos amaremos hasta el final sin importar el régimen de cada momento.

Tomaremos la salida de Dante, la salida de los poetas, quienes desde siempre dicen sin decir nada. Afirmaremos que Beatriz nunca existió, o que sí existió; da lo mismo. Diremos lo que tengamos que decir en cada caso. No nos resistiremos ante ninguna imposición porque sabemos que nuestro amor no se juega en esos ámbitos. Tomaremos la salida de Platón, la única salida que ha existido siempre. Por supuesto que no es una salida real, pero ¡a quién le importa ya la realidad!, lo que queremos es amarnos. Si tenemos que negar la realidad para hacerlo, lo haremos.

Lo único que puede salvar nuestro amor es escapar a la captura. Y lo único que puede escapar a la captura es la renuncia voluntaria. Esta renuncia implica que incluso podamos estar frente a ellos; implica que no será necesario escapar ni escondernos. Estoy hablando de la renuncia a nosotros mismos. No necesitaremos tener un deseo oculto; no necesitaremos desear nada más que lo que tenemos. No necesitaremos escapar ni ocultarnos. Incluso será todo tan evidente, tan expuesto que nadie creería que en realidad nos amamos. Ellos buscarán en los diarios, buscarán en los intersticios, en los errores, en los jugueteos; creerán que todos tenemos algo que ocultar, algo que se sale de nuestras manos. Pero precisamente lo que ocultaremos nosotros será que no ocultamos nada. Ahí es donde el sistema se colapsa. La mejor forma de escapar a la captura será estar siempre dentro, no tratar de escapar. Si el sistema se ha esforzado por engañarnos haciéndonos creer que el amor existe, nuestra venganza será realmente amarnos ahí en frente de todos.

Nos amaremos aún cuando estemos obligados a ello. Será como si un par de actores pornográficos realmente lograran hacer el amor. Esa será nuestra venganza. Nadie podrá saber de esto, quizá ni siquiera nosotros. Pero lo que importa aquí es que estaremos juntos. Así, tu nombre será uno entre muchos, pero jamás será tu verdadero nombre, porque tu verdadero nombre no lo sabremos ni nosotros mismos. Estoy hablando de un no-yo a otro no-yo. Por ello, este que escribe tiene que escapar también de sí mismo. Y evidentemente, la mejor forma de escapar será que no escape, sino al contrario, que ceda completamente, que se entregue, se rinda y termine por escribirlo todo. De cualquier forma sabemos que ahí no habrá nada. Ni aún teniendo toda nuestra información podrán capturarnos. ¡Tengan perros! Les cedo todos mis derechos, todos mis esfuerzos y mis caprichos, de cualquier forma ya no estoy ahí, ya no estamos ahí, nuestra herencia se filtra, se distorsiona y termina siendo el todo. Y aquí apenas comienza nuestra historia de amor, la cual es la historia de cómo no puede haber ninguna historia, sino sólo amor.

Ellos tendrán buscadores especializados, examinadores de todo tipo. Podrán hacer asociaciones de palabras, de búsquedas, de imágenes, de todo lo que está expuesto. Y no hay nada que no esté expuesto. Pero precisamente por eso es que nosotros escaparemos. Porque al estar tan expuestos habrán perdido lo que buscaban desde el comienzo. No nos engañemos. Ellos están buscando lo mismo que nosotros. Por eso lo primero que buscarán será todo lo relacionado con las palabras “amor” y “sexo”. Pero no sabrán que justamente eso será lo que no les daremos. No se los daremos si es que de verdad lo tenemos. Para torturarnos utilizarán todo lo que tuvo que ver con lo que más apreciemos. Se piensa que la única manera de escapar a eso es que no apreciemos nada. Pero si así lo hacemos, entonces caeríamos en su juego. Y terminaríamos siendo como ellos. Todos llevamos uno de ellos dentro, es cierto. Por lo tanto, repito, sólo podremos salirnos escondiéndonos para nosotros mismos. Colocaremos anzuelos enfrente de ellos. Para que crean que nos tienen, que estamos vigilados, observados, atrapados, capturados, pero no sabrán que que esos cebos que les ponemos somos nosotros mismos. Ellos querrán buscar detrás de las apariencias; como si hubiera algo ahí. Nuestra venganza será habernos ido en la primera oportunidad, entre las cosas desechables, entre la paja más cotidiana.

Nuestro amor es más que cualquier nombre que se pueda escribir y al mismo tiempo no es nada más que eso. Es universal. Podremos escribir lo que sea y ahí estaremos. Nos escaparemos, nos (in)filtraremos. Cuando menos se den cuenta ya estaremos fuera. Te colocarás en esa esquina. Me llamarás todos los días. Me escribirás que me amas. Estaremos en casa. Y eso no significará nada. Porque lo que significa se escapa. Seguiremos la rutina a fin de que por dentro estemos enteros. Fingiremos. Y fingiremos tan bien que ni nosotros mismos lo sabremos. Ellos creerán que nos tienen; que por fin hemos perdido, pero ese será nuestro truco. Frente al oxímoron de nuestro amor no podrán hacer nada. Se pierden en la marea de sinsentidos. Las palabras no dicen nada. Podremos escribir lo que sea y aún así ahí no estaremos, justamente porque sólo ahí podríamos estar. No podrán escuchar nuestro pensamiento. Casi lo harán. Quizá incluso escuchen más, pero no lo que nosotros callemos para nosotros mismos en pro de nuestro amor. Eso es el amor. Si no es eso no puede ser ninguna otra cosa. Sólo así podrá ser definido el amor en adelante. Salvémonos no salvándonos. Entremos al infierno. No te preocupes. No estaremos solos mientras haya este acuerdo. Sabremos que estamos juntos a pesar de no estarlo. Diremos lo mismo que se ha dicho sobre el amor desde hace mucho. Y parecerá un cliché obsoleto. Pero precisamente por eso es que lo lograremos. No sospecharán de que un amor pueda ser tan cliché, que pueda cumplir con todas las reglas del llamado “amor”. Ahí está nuestra treta. Sólo sígueme. ¿A dónde? Hacia ninguna parte. Hacia donde tú quieras. Ahí estaré de todas maneras.

Lo único que queda para nosotros es lo que no decimos, lo que no buscamos, lo que no tecleamos y a lo mejor ni pensamos. Ahí estamos nosotros. En ese espacio que ya no es ningún lugar, no es algo visible, no es algo material ni inmaterial. No es algo emocional ni sentimental. Todo eso ya está medido. Ellos han desarrollado todo tipo de tecnologías para perseguirnos. Pero justamente por eso vamos a usarlas para escapar y dejar caer en ellas todo lo que merecen. Vamos a dejar registro de todo menos de nosotros. Se encontrarán con todo excepto nuestra vida. Podrán saber qué hicimos, a dónde fuimos, con quién anduvimos. Serán peor que nuestros padres o nuestros amantes. Pero aún con eso no podrán ocupar su lugar. Eso es precisamente lo que quieren. Porque eso es lo que buscamos todos. Y nosotros somos parte de ellos.

Tomaremos la salida de San Simeón. Los gusanos (que son ellos) estarán comiendo nuestro cuerpo, serán dueños de él. ¡Coman malditos gusanos! Pero de todos modos no se quedarán con nosotros. Nosotros estaremos más allá. Sabremos que no hablamos con Dios porque precisamente Dios no puede hablar con nosotros. Lo único que nos queda es hablar entre nosotros, pero sin hablar. Ése es el asunto. Habrá que ser astutos. Estaremos ahí arriba de la torre para que todos nos vean. Nos alejaremos del mundo, pero sin ser desapercibidos. Entonces ellos creerán que de nuevo hemos caído, llamando la atención. Pero precisamente llamaremos la atención para ocultarnos. Cuando ellos vayan por nosotros con todas sus armas, entonces ya estaremos fuera. Nos habremos escapado entre ellos mismos. Nos habremos infiltrado entre sus cuerpos. Para eso eran gusanos. Si eso es lo que quieren, eso tendrán.

No es que nos vayamos a ninguna parte. Nos quedaremos aquí. No es que nuestra salida sea mejor que la de ellos. Sólo podemos decir que si ellos quieren nuestro cuerpo, eso tendrán. De cualquier forma, no sólo hay cuerpo, también pensamiento. Por eso Descartes llegó a decir que lo único que podía asegurar consistía en que él mismo era, al menos, un pensamiento. En realidad el proceso fue al revés. Primero se comportó y después ese comportamiento adquirió patrones que lo hicieron creer que éstos eran lo único confiable. Y estaba en lo cierto. Fuera de los patrones no hay nada confiable. Así es como llegó a escapar con el pensamiento. Pero a nosotros nos toca darle la vuelta, porque nosotros ya no queremos nada confiable. Seremos puro comportamiento. O más bien seremos un pensamiento que se comporta como cuerpo, un pensamiento que escapa a sus propios patrones. Eso es, un delirio. Sólo a través del delirio podemos inmiscuirnos en todo sin estar ahí. Tu delirio en algún momento se cruzará con el mío. Confiemos en eso. En eso es en lo único que a nosotros nos toca confiar. Si no lo hacen, si no se cruzan, si no se tocan, no te preocupes, de todas formas lo haremos.

Un pensamiento es un patrón de comportamiento que se queda grabado en una memoria. Para poder escapar a la captura del pensamiento tenemos que acudir al pensamiento de los pensamientos. Tomaremos entonces la salida de Hegel. Al final, todos los filósofos han tomado siempre la misma salida con diferentes nombres y lo sabemos. Pues bien, esa salida es la misma que nosotros tomaremos, si es que queremos seguir viviendo. ¡Y claro que queremos seguir viviendo! Pero llamaremos “vida” a una cosa diferente de lo que ellos identifican con ese nombre. Sólo así podremos escapar de ellos. Sólo yendo más allá de la vida biológica es como podemos librarnos. Ésa el la salida de Nietzsche. La vida como voluntad, voluntad de poder. Pero ya tampoco será la salida de Nietzsche, porque ellos también la habrán capturado. Entonces será la de Pseudo-Dionisio: más allá de lo sensible y de lo inteligible. No hay ningún poder, no hay ninguna voluntad ni ninguna libertad. ¡Tengan perros! ¡Tomen mi cuerpo, tomen mi ser, tomen mi alma, mi espíritu, mi dolor, mis pensamientos!, ¡de todas formas yo sé que no soy nada de eso! Tú y yo nos escaparemos.

Seremos románticos, ¡más románticos que los románticos! Seremos anarquistas, ¡tan anarquistas que ni siquiera anarquistas seremos! Seremos cristianos y capitalistas y muertos. Estaremos en todos lados y en ninguno. Nos abrazaremos al final del mundo, en el barranco, en el límite del delirio, entre la locura y la muerte. Y aún con eso seremos los más normales. Nadie se dará cuenta. Seguiremos los patrones y a los patrones. La normalidad será nuestro camuflaje. Con tal de estar juntos nunca nos hablaremos, pero tan nunca nos hablaremos que pueda que nos hablamos todos los días. Si es verdad esa frase de que “tú me vuelves loco”, entonces lo tomaremos en serio y no nos entenderemos uno al otro. Cada uno en su delirio. Lacan ya lo había dicho: “No hay relación sexual”, pero justamente justo porque no hay relación sexual, lo que sí hay es la posibilidad de que la haya. La relación sexual no es más que esa posibilidad. Si no fuera por la posibilidad que queda abierta en la negación entonces ya efectivamente no habría nada, ni siquiera la posibilidad misma de la negación. La negación es la posibilidad misma: teología negativa. No hay Dios, no hay amor, no hay vida, no hay música, no hay revolución. ¡Tengan! No tenemos problemas en decirlo, porque sabemos que no hemos dicho nada o que hemos dicho todo lo que podíamos decir y que aún con eso no hemos dicho nada. No temeremos, porque sabemos que no hay nada de que temer. ¿Qué es lo peor que nos podría pasar?, ¿morir? Ya estamos más allá de la vida biológica desde hace mucho.

Esta carta está incompleta, inconclusa. No está dirigida a nadie, ni a ti ni a nadie. No hay plenitud, no hay amor verdadero. Pero precisamente ahí es donde está la posibilidad de que lo haya. Y ahí es donde está. Nadie pierde. No hay dominación. No hay un amo ni un esclavo. Todo eso fue falso. Todos estamos arrojados para no otra cosa que poder encontrarnos en la nada. Ahí nos encontramos nosotros. Si había algo, nosotros lo destruimos, lo fundimos, lo corrompimos, lo deshicimos para poder llegar a la médula. Y la médula era nada, esa nada que nos separa y que nos une. Ahí te toco, me tocas. Nos rozamos y nos desviamos. No nos encontramos en realidad. Ya no estamos aquí. Apenas nos conocimos, ya nos fuimos. Siempre la falta. ¿Qué querían, que fuéramos felices para siempre? Pues la mejor forma de ser feliz es que no haya ningún “para siempre” y por lo tanto nunca seamos felices. No hay poesía. No hay nada oculto aquí. No hay engaño. Nunca hubo amor como tampoco hubo control. Por eso nos podemos extender al infinito por mor del amor. Ahí donde termina el amor, o mejor dicho, cuando acaba la creencia en que alguna vez hubo amor, entonces comenzaremos a amarnos.